OLIMPIADA 2020. PROTAGONISTA: EL CALOR

Cuando en la tarde del 10 de octubre de 1964 el emperador de Japón, Hirohito, ante unos setenta mil espectadores puestos en pie, declaraba inaugurados los decimoctavos Juegos Olímpicos de la era moderna, el mundo, a través de la televisión, estaba presenciando uno de los momentos cumbres en la historia de Japón. Este país, que apenas veinte años antes había estado sumido en un abismo de desolación y miseria tras su derrota en la segunda guerra mundial, en ese momento, mediante las palabras de amistad de su emperador hacia todos los pueblos y las ocho mil palomas de la paz que surcaban el cielo resplandeciente de otoño, proclamaba al mundo su deseo de reintegrarse en la comunidad de naciones. Ese 10 de octubre marcó también la culminación de años de esfuerzos de toda una nación, decidida a mostrar a propios y extraños su nivel de progreso. Japón había perdido la guerra, pero nadie debía albergar dudas de que había ganado la paz. Los cientos de miles de extranjeros que llegaron a Japón para presenciar los juegos quedaron admirados tanto por su organización perfecta como por la amabilidad de la gente.

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Decadencia, despotismo y el incierto futuro de Hong Kong

Marco Polo, en sus relatos de China, que el escritor Rustichello de Pisa plasmaría en el Libro de las maravillas del mundo, recuerda extasiado su estancia en Hangzhou: “Sin duda la mejor, la ciudad más espléndida del mundo”. Al parecer Marco Polo no exageraba: medio siglo después, en 1340, Hangzhou causaba la misma admiración en Ibn Battuta, el famoso viajero musulmán.

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Hong Kong y el enigma del PCC

El conocido periodista Nicholas Kristof, en un reciente artículo en el New York Times, matizaba sus críticas al régimen comunista señalando algunos de sus logros: la mortalidad infantil es menor en Beijing que en Washington; China está creando nuevas universidades a un ritmo de una a la semana y las escuelas públicas en Shanghai superan con mucho a las estadounidenses.

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El sueño chino (II)

El comienzo de la ciudad de Hong Kong está íntimamente ligado a la guerra del opio (1839-42), la primera que enfrentó a China con el Occidente.
El opio se producía en la India, colonia británica en la época, y se pasaba de contrabando mediante mercaderes en su mayoría británicos. Pekín había prohibido la importación, el cultivo y el consumo de opio desde el año 1800, por el tremendo daño infligido tanto a la población como a la economía del país, pero fue en marzo de 1839 cuando el emperador Daoguang envió una comisión imperial a Cantón con la orden de requisarlo. Cuando la orden no se cumplió, el jefe de la comisión, Lin Zexu, ordenó cercar la comunidad extranjera y declaró que no sería puesta en libertad hasta que no hubiera entregado toda la droga. Al final una enorme cantidad, más de diez toneladas, pasó a manos chinas y de allí al mar, previo un sacrificio ritual ofrecido a su dios con el ruego de que avisara a todos los peces de nadar lejos del veneno.

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El sueño chino (I)

Al comenzar el tercer milenio de la era cristiana, el dominio económico, cultural y militar que durante los últimos cinco siglos ha ejercido el Occidente en gran parte del mundo parece haber llegado a su fin. Se inicia un nuevo período con diversos centros de poder pertenecientes a civilizaciones distintas. En el mundo confuciano China se proclama líder de unos “valores asiáticos” que, si está a su alcance, deberán reemplazar a los que, en mayor o menor medida, han predominado hasta ahora: los “valores occidentales”.

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El marco confuciano

Deng Xiaoping, sucesor de Mao Zedong y promotor de la apertura de China al exterior, recibió a una delegación de Japón en junio de 1974, la primera que visitaba el país desde la toma del poder por los comunistas. Lo primero que hicieron los japoneses fue pedirle perdón por las fechorías perpetradas por el ejército imperial durante su ocupación de China. Deng les contestó: “No tienen que pedir perdón. Nosotros, los chinos, ya nos hemos vengado”. Ante la perplejidad de los diputados japoneses, añadió: “Sí, nosotros les hemos dado a Confucio y los kanjis”.

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