El marco confuciano

Deng Xiaoping, sucesor de Mao Zedong y promotor de la apertura de China al exterior, recibió a una delegación de Japón en junio de 1974, la primera que visitaba el país desde la toma del poder por los comunistas. Lo primero que hicieron los japoneses fue pedirle perdón por las fechorías perpetradas por el ejército imperial durante su ocupación de China. Deng les contestó: “No tienen que pedir perdón. Nosotros, los chinos, ya nos hemos vengado”. Ante la perplejidad de los diputados japoneses, añadió: “Sí, nosotros les hemos dado a Confucio y los kanjis”.
La doctrina confuciana, que da título a estas crónicas, tiene su origen en Confucio, un moralista chino del siglo VI (a. C.) a quien se atribuye la regla de oro de la moral: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”. Reciprocidad y lealtad definen unas enseñanzas que han sido la base del orden socio-político de China durante más de dos milenios. Sus valores de ren, yi, xiao y zhong, traducidos habitualmente como benevolencia, decoro, piedad filial y lealtad, han venido marcando el modo correcto de conducta tanto en la vida privada como pública de buena parte del Oriente asiático.
En el Occidente la valoración de Confucio es distinta, pues normalmente se le atribuye, por su énfasis en el orden, la jerarquía y la obediencia, el origen del desprecio asiático por los valores liberales. Una lectura de los Analectos, obra en la que están recogidas sus máximas, muestra, no obstante, un código de conducta no inferior al de otros grandes maestros de la humanidad, como Buda, Cristo o Mahoma. Y lo mismo que ha sucedido con estos grandes maestros, sus enseñanzas las han aprovechado las clases gobernantes para afianzar su control sobre sus gobernados. Se ha ensalzado su recomendación de someterse a la autoridad establecida, pero se han ignorado nociones más esenciales, como sus preceptos de justicia social, desobediencia política y la obligación moral de los intelectuales de criticar al gobernante (incluso con riesgo de sus vidas) cuando éste abuse de su poder u oprima a su pueblo.
Confucio defendió la libertad personal y recalcó la necesidad por parte de los gobernantes de ganarse la confianza del pueblo. No parece ser, sin embargo, que abogara por un trato de igualdad con la mujer o con el inferior en la escala social, como se deduce de alguna de sus máximas: “Mujeres y subalternos son especialmente difíciles de tratar: si uno es amigable, se toman demasiadas confianzas; si se les trata con reserva, lo resienten”.
No fue tampoco un innovador ni, mucho menos, un revolucionario. Su ideal era el retorno a las virtudes de un pasado legendario, en donde “todo bajo los cielos es para el pueblo” y virtud y justicia eran los referentes de una conducta digna.
Su doctrina tiene numerosos puntos en común con la posterior de Cristo, desde la preocupación por lo esencial hasta el desdén de las formalidades: “Riquezas y honores sin justicia son para mí como nubes fugaces”; “Si un hombre no tiene humanidad, ¿para qué le servirá el rito, para qué le servirá la música?”; “En las ceremonias preferid la simplicidad al lujo; en los funerales, el dolor a la formalidad”. Sus enseñanzas abarcaron tanto el ámbito social como el individual. Exigió a los dirigentes respetar los derechos del pueblo, ser austeros y deseosos de aprender; en el ámbito personal aconsejó, como Cristo, la caridad: “Un caballero ayuda a los necesitados, no hace a los ricos más ricos todavía”, y un elevado sentido ético: “Riquezas y posición social son deseadas por todos, pero si el único medio de obtenerlas va contra sus principios, este afán debe abandonarse”. Su ideal de una sociedad ordenada, armónica, en la que se conjugaran benevolencia y obediencia, fue aprovechado por la clase dirigente para llegar a un autoritarismo que convirtió la obediencia en sumisión, fruto de un desprecio al inferior que nunca mostró el maestro.
Confucio, a diferencia de Cristo, fue un moralista cuya finalidad consistió únicamente en la mejora de la sociedad, sin que le preocupara la cuestión del más allá. Se le puede considerar el Sócrates oriental, pero, a diferencia del maestro griego, no tuvo ningún discípulo que, al modo de Platón y Aristóteles, pusiera las bases de una ciencia política que superara los límites impuestos por el autoritarismo. Su principal discípulo, Mencio, dos siglos posterior, distanciándose de la alta estima en que el confucianismo tenía a los gobernantes, argumentó que era aceptable que los súbditos depusieran o incluso asesinaran a los dirigentes déspotas o despreocupados de las necesidades del pueblo, pero estas ideas nunca se llevaron a la práctica. Nunca se levantó, como en el ágora de Atenas, un monumento a dos hombres que habían asesinado a un tirano. China a lo largo de su historia ha dependido, para su prosperidad y desarrollo, de la competencia y voluntad del emperador de turno. Si éste era calamitoso, al pueblo no le quedaba más que sufrir y aguardar a que acabara pronto “la maldición del mal emperador”.
A diferencia de los sistemas filosóficos occidentales, que normalmente incluyen deberes cívicos, el modelo chino, con el tiempo, quedó orientado, más que a la sociedad, a la familia. El filósofo Lin Yutang escribió en 1934: “La palabra ´sociedad´ no existe como idea en el pensamiento chino, y en la filosofía social y política confuciana vemos una transición directa de la familia al estado, como estadios sucesivos de la organización humana… `Espíritu público´ es un término nuevo, lo mismo que ´conciencia pública´ y ´servicio social´. No existen tales productos en China”.
El lugar asignado a la memoria de Confucio ha sufrido, especialmente en China, vaivenes profundos. Deng Xiaoping, como se ha visto en la anécdota anteriormente citada, no pareció tener en alta estima al sabio chino, pero fue Mao Zedong, sobre todo, quien vio en la doctrina confuciana una severa crítica a su despotismo e hizo todo lo posible para acabar con ella, llegando incluso a destruir santuarios dedicados a la memoria del maestro. El Partido Comunista actual, por el contrario, ha visto en el orden social y el sometimiento a la autoridad preconizados por Confucio un soporte del régimen y ha hecho de los Centros de Confucio un vehículo de propaganda cultural y política.
Avatares estos que no han cambiado en lo esencial la influencia ética y moral que Confucio sigue teniendo en el Extremo Oriente.

1 comentario de “El marco confuciano”

  1. Excelente pincelada introductoria a esa cultura asiática-oriental de la que los occidentales, en su gran mayoría, hemos oído hablar siempre muy superficialmente. Con estas palabras, de forma amena y con la extensión precisa he vislumbrado la raíz.
    Gracias

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