El sueño chino (I)

Al comenzar el tercer milenio de la era cristiana, el dominio económico, cultural y militar que durante los últimos cinco siglos ha ejercido el Occidente en gran parte del mundo parece haber llegado a su fin. Se inicia un nuevo período con diversos centros de poder pertenecientes a civilizaciones distintas. En el mundo confuciano China se proclama líder de unos “valores asiáticos” que, si está a su alcance, deberán reemplazar a los que, en mayor o menor medida, han predominado hasta ahora: los “valores occidentales”.


La influencia china, tras medio milenio de aislamiento y decadencia, es cada vez más notable. Convertida ya en la segunda potencia económica del mundo, se prevé que, impulsada por su enorme población, en cuestión de décadas será la primera, sobrepasando a la de Estados Unidos. La Academia de las Ciencias china pronostica que hacia 2030 el gigante asiático se habrá convertido en la mayor potencia tecnológica del mundo y habrá erradicado la pobreza entre su población de mil quinientos millones de personas, que gozarán de una longevidad de ochenta años.

El 70 aniversario de la toma del poder por el PCC era el marco ideal para celebrar estos extraordinarios avances y al mismo tiempo de olvidar (en el supuesto de que se hiciera caso) la condena internacional por las detenciones en masa de musulmanes en Xinjiang. Los dirigentes comunistas se dedicaron a la tarea sin dejar nada ni a la improvisación ni a lo imprevisto: se restringieron los lugares de entretenimiento público en los barrios adyacentes, se desocuparon viviendas y se prohibió el vuelo de cometas. Ni siquiera los concursos de palomas, un atractivo de muchos barrios, quedaron libres del celo prohibicionista.

En su lugar, enormes arreglos florales y banderas rojas ensalzaban la promesa de su máximo líder, Xi Jinping, de realizar el sueño chino, “el gran rejuvenecimiento del pueblo y la nación” e instaban a sus ciudadanos a una unión todavía más estrecha con el Partido Comunista, con el camarada Xi en su centro. El colofón de las festividades, sin embargo, debía ser un majestuoso desfile militar para mostrar a propios y extraños el nivel económico y tecnológico que, sustentado en un presupuesto militar de doscientos cincuenta mil millones de dólares, había hecho posible el arsenal más moderno.


Quince mil soldados, en un alarde de sincronismo y coordinación, tan caro a todos los regímenes totalitarios, desde el nazi hasta el vecino de Corea del Norte, saludaban a Xi Jianping: “¡Salud, líder!” y “¡Sirve al pueblo!”. “¡Salud, camaradas!, respondía el máximo mandatario. Los soldados, elegidos no sólo por sus características físicas: entre 5,9 y 6,1 pies de estatura, sino también por sus correctas convicciones políticas, habían ensayado el desfile en condiciones tan draconianas que, según The Global Times, diario portavoz del régimen, se les había suministrado pañales, pues los ensayos no permitían ninguna interrupción para atender las llamadas fisiológicas.


Esfuerzo y dedicación consiguieron que el enorme desfile de soldados, misiles y logros tecnológicos transmitiera al pueblo chino un mensaje de orgullo y exaltación de lo conseguido bajo la égida del Partido Comunista, y al exterior otro de intimidación: “Hoy una China socialista se ha levantado en el este del mundo y no hay fuerza que pueda hacer temblar los cimientos de esta gran nación, no hay fuerza que pueda obstruir el avance de la nación y el pueblo chinos”, advertía Xi Jinping.


Mientras Xi lanzaba estas proclamas de confianza y orgullo, en Hong Kong tenían lugar algunas de las protestas más violentas de una revuelta que estaba ya en su cuarto mes. El contraste no podía ser más fuerte: si los dirigentes comunistas celebraban, gracias a su partido según ellos, un progreso que había logrado sacar de la pobreza a setecientos millones de personas y poner fin a siglos de humillación por parte de las potencias extranjeras, los manifestantes de Hong Kong denostaban la fecha como “un día de luto” y los setenta años de régimen comunista de “desgracia nacional”.


En cuanto a las advertencias de Xi, dignas de tenerse en cuenta pues no ha dudado en usar la fuerza para encarcelar a los disidentes del Tibet o de Xinjiang, no parecieron impresionar a los de Hong Kong. Muy al contrario, aprovecharon con gusto la oportunidad de mostrar su oposición al creciente control de su ciudad, supuestamente autónoma, por parte de Beijing y de este modo captar la atención del mundo a su causa en detrimento de las festividades conmemorativas. Cuando un policía ese mismo día hería de gravedad a un estudiante de 18 años usando por primera vez una bala real, el foco de la atención mundial acabó centrándose en Hong Kong: “La mera yuxtaposición de los acontecimientos en Hong Kong con las festividades conmemorativas del 70 aniversario de la fundación de la República Popular china es una bofetada a Beijing y una victoria para los opositores democráticos” comentaba en un editorial el Japan Times, unos días después.


¿Puede el pueblo de Hong Kong, después de la “bofetada” que supuso dejar en segundo plano la celebración de los 70 años del régimen comunista, obstaculizar, o incluso impedir, la realización del “sueño chino”?

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