El sueño chino (II)

El comienzo de la ciudad de Hong Kong está íntimamente ligado a la guerra del opio (1839-42), la primera que enfrentó a China con el Occidente.


El opio se producía en la India, colonia británica en la época, y se pasaba de contrabando mediante mercaderes en su mayoría británicos. Pekín había prohibido la importación, el cultivo y el consumo de opio desde el año 1800, por el tremendo daño infligido tanto a la población como a la economía del país, pero fue en marzo de 1839 cuando el emperador Daoguang envió una comisión imperial a Cantón con la orden de requisarlo. Cuando la orden no se cumplió, el jefe de la comisión, Lin Zexu, ordenó cercar la comunidad extranjera y declaró que no sería puesta en libertad hasta que no hubiera entregado toda la droga. Al final una enorme cantidad, más de diez toneladas, pasó a manos chinas y de allí al mar, previo un sacrificio ritual ofrecido a su dios con el ruego de que avisara a todos los peces de nadar lejos del veneno.


Lin Zexu sabía que una mujer joven ocupaba el trono de Inglaterra y a ella se dirigió pidiéndole su colaboración: “He escuchado que fumar opio está estrictamente prohibido en Inglaterra. Por tanto, Inglaterra conoce el daño que la droga causa. Si no se permite que envenene a su propio pueblo, no debería permitirse que envenene al pueblo de otros países”. El emperador Daoguang dio su aprobación al envío de la carta, pero no hay constancia de que la reina Victoria la hubiese recibido. Sí tuvieron, en cambio, noticia de la destrucción de la droga tanto las grandes compañías comerciales británicas como la Cámara de Comercio, que, indignadas, pidieron ir a la guerra para obtener indemnización. Contaron con el apoyo del ministro de Asuntos Exteriores, Lord Palmerston, pero no con el de un joven diputado del partido conservador y futuro primer ministro, William Gladstone: “…una guerra injusta en su origen… que cubrirá de oprobio permanente a nuestro país… un tráfico vergonzoso de contrabando… El Parlamento no será persuadido a colaborar en esta guerra injusta e inicua”.


Gladstone se equivocó en su confianza en el Parlamento: cuando la votación tuvo lugar, su partido fue derrotado por un margen de nueve votos; acertó, en cambio, en el oprobio que una guerra tan injusta acarrearía a su país. Durante los dos años siguientes una flota inglesa atacó las costas chinas del sureste y ocupó Cantón y, por breve tiempo, Shanghai. Sin barcos de guerra y con un ejército mal equipado, China, derrotada, tuvo que firmar el tratado de Nanjing en 1842, que obligaba, sobre pagar una enorme indemnización, a abrir cuatro puertos al comercio, además de Cantón. El “siglo de la humillación” acababa de comenzar.
Las ventas de opio se multiplicaron rápidamente, y el gobierno chino, incapaz de impedir su consumo, decidió legalizarlo en 1860. En cuanto a los puertos, conocidos como “puertos del tratado”, regía la ley inglesa. Uno de ellos era Shanghai, poco más que una zona pantanosa con algunos campos alrededor. Otro era Hong Kong, cedido a los ingleses para sus barcos y mercancías, a la sazón unas cuantas chozas de pescadores diseminadas en un terreno baldío y abrasado por el sol. Dos metrópolis de gran relevancia económica y cultural surgirían con el tiempo de estos lugares insignificantes, muestra de lo que la dedicación china al trabajo y la inversión y el gobierno europeos, británicos mayormente, podían conseguir.


Al comenzar el siglo XX un diplomático de la regencia de Cixi escribiría sobre Hong-Kong: “El Gobierno británico ha gastado grandes cantidades de dinero año tras año para su mejora y desarrollo, y mediante la sabia administración del gobierno local se dio toda clase de facilidades para el libre comercio. Actualmente es una próspera colonia británica, cuya prosperidad depende de los chinos, que, no es necesario decirlo, poseen todos los privilegios de que gozan los residentes británicos…Debo reconocer que el Gobierno británico ha hecho mucho bien en Hong-Kong. Ha proporcionado a los chinos un modelo de gobierno occidental que funciona y que ha logrado transformar una isla estéril en una ciudad próspera. La administración imparcial de la justicia y el trato humano de los criminales no pueden sino suscitar la admiración y ganar la confianza de los nativos”.


Este “modelo que funciona” ha hecho de Hong Kong un centro comercial y financiero de primer orden, con un modo de vida distinto. En el resto de China, la experiencia de la época de Mao, violencia, hambrunas y caos, ha facilitado que se vean los 40 años desde su muerte como un período de estabilidad social y crecimiento económico. Para muchos esto compensa sobradamente la ausencia de libertades y explica el intenso orgullo que sintieron ante el desfile militar del 1 de octubre.


Estos sentimientos son desconocidos para una buena parte de la población de Hong-Kong, en su mayoría jóvenes, pero también entre los que huyeron de la miseria o de la tiranía del régimen de Mao. Por ello cuando en junio de 2019 su Gobierno, en clara sintonía con el de Beijing, introdujo un proyecto de ley que permitiría la extradición de acusados de delitos a la China continental, se encendieron todas las alarmas. La posibilidad de ser sometidos a un sistema de justicia controlado por el Partido Comunista y caracterizado por la tortura, confesiones forzadas, detenciones arbitrarias y difícil acceso a abogados, se consideró una cuestión de vida o muerte para el futuro de Hong Kong.


Ante la magnitud de las protestas y disturbios, sin precedentes en la historia de Hong Kong, el Gobierno, tres meses después, decidió retirar dicho proyecto de ley definitivamente. “Demasiado poco y demasiado tarde”, fue la respuesta de: una oposición que, ante el deterioro creciente de sus libertades, había decidido ir a la raíz del problema y exigir el cumplimiento, por parte de Beijing, de las promesas expresadas en la Declaración Conjunta de Gran Bretaña y China y en la Ley Fundamental, la Constitución de Hong Kong, de respetar las libertades y derechos civiles.


El éxito en Hong Kong de “Una nación y dos sistemas” hubiera podido servir de base para una eventual unión con Taiwán, parte esencial del “sueño chino”. ¿Qué llevó a los dirigentes comunistas a incumplir sus promesas?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *