Hong Kong y el enigma del PCC

El conocido periodista Nicholas Kristof, en un reciente artículo en el New York Times, matizaba sus críticas al régimen comunista señalando algunos de sus logros: la mortalidad infantil es menor en Beijing que en Washington; China está creando nuevas universidades a un ritmo de una a la semana y las escuelas públicas en Shanghai superan con mucho a las estadounidenses.

Parag Khanna, en su libro The Future is Asian, sin las críticas de Kristof, ensalza el afán de China de recuperar la gloria de la dinastía Ming enviando, al mando de modernos Zheng Hes, flotillas al Océano Índico, una señal de fuerza de una armada cuatro veces mayor que la de la India.


Su producción de acero, de más de mil millones de toneladas al año, equivale a la del resto del mundo. Sus esfuerzos en reducir la contaminación producida por su rápido crecimiento económico son notables: China, junto con Malasia, ha conquistado dos terceras partes del mercado mundial de paneles solares, reduciendo el precio de su producción en un 90%.


Las pilas, nos sigue informando Khanna, son otro de los campos en que el dominio asiático ha reducido los precios. China, Japón y Corea suman más del 90% de la producción mundial de pilas de litio, consiguiendo así una ventaja para los motores de su creciente parque de coches eléctricos. La compañía automovilística china BYD es con mucho la mayor productora de coches eléctricos en el mundo, con Warren Buffett como inversor y Leonardo DiCaprio como principal agente de propaganda. BYD está incluso fabricando la siguiente generación de autobuses de dos pisos para la ciudad de Londres.


Estos logros están sustentados en una inversión en Investigación y Desarrollo que corresponde al 20% del total mundial, el mismo porcentaje que China tiene en investigadores y publicaciones científicas.Sus avances en Inteligencia Artificial han sido tan impresionantes que el ex-presidente de Google, Eric Schmidt, ha pronosticado que China sobrepasará a Estados Unidos en 2025. Los avances no son menos impresionantes en Sanidad, cuya cobertura ha pasado del 21% de la población en 2003 a casi el 100% hoy.


Todos estos logros han convertido a China en un modelo económico para muchos países asiáticos y africanos que luchan por sacar de la pobreza a amplios sectores de su población y que prefieren un régimen autoritario, dirigido económicamente por tecnócratas capaces y bien preparados, a democracias corruptas e ineficaces tan comunes en los países en vías de desarrollo.


¿Cómo se explica entonces la inseguridad de los dirigentes políticos chinos ante cualquier brote de protestas? ¿Qué les llevó a incumplir sus promesas de mantener las libertades de Hong Kong?


Cuando Gran Bretaña devolvió la soberanía de Hong Kong a China en 1997 después de más de un siglo de dominio colonial, fue un momento de intenso orgullo para Beijing y de inquietud para numerosos hongkongneses que gozaban de mucha más libertad y prosperidad que la nación a la que iban a pertenecer. Un estado autoritario, regido por el Partido Comunista, acogía en su seno a un centro financiero de primer orden con jueces independientes, una incipiente democracia y derechos civiles protegidos.¿Cumpliría el Gobierno chino su promesa de mantener “una nación con dos sistemas”, al menos durante los siguientes 50 años? ¿Seguiría Hong Kong siendo Hong Kong?


“China -manifestó su Primer Ministro, Zhao Ziyang, a Margaret Thatcher- probará sus palabras con sus hechos”. No se debía dudar de la sinceridad de su gobierno.


Los hechos no han avalado tales propósitos. La primera desviación de éstos tuvo lugar en 2003 con una ley de seguridad nacional similar a la usada en la China continental para reprimir a los disidentes. Ante las protestas de medio millón de personas y en una muestra de pragmatismo que no se repetiría en 2019, se retiró la ley.


En 2014.el Gobierno chino promulgó una ley que respondía a su promesa de permitir a los residentes de Hong Kong votar a su gobernador en 2017, con una condición: los candidatos debían contar con la aprobación de Beijing .La “Revolución de los paraguas” fue la respuesta pacífica, “Ocupar Central con amor y paz”, a esta parodia democrática. Ni “amor” ni “paz” lograron esta vez que el Gobierno retirara la ley y después de 79 días de protestas la “Revolución de los paraguas” concluyó con algunos de sus dirigentes encarcelados y la convicción de que Beijing era insensible tanto al número como a la duración de las protestas. La lección estaba aprendida: la próxima vez no sería sólo “amor” y “paz”.Esta próxima vez fue en junio de 2019, con la ya famosa Ley de Extradición…


La intransigencia en el orden político de los dirigentes comunistas no basta sólo con achacarla a la evidente enemistad de todos los regímenes comunistas con la libertad. El comunismo chino reviste características muy peculiares, pues, más que un comunismo, se lo puede considerar un capitalismo de estado que, a diferencia de todos los demás regímenes comunistas, ha triunfado económicamente. Para descifrar el enigma es necesario echar una mirada a la historia. El poder imperial en China estuvo sustentado siempre en un dogma casi religioso. Sus emperadores actuaban como mediadores entre el cielo y la tierra y, en consecuencia, se les consideraba seres semidivinos. El confucionismo, en su origen una filosofía moral y política, se convirtíó en una ideología impuesta para obedecer a la autoridad; del padre en la familia, del jefe en el clan y finalmente del emperador en la nación.


Los dirigentes comunistas actuales han usado el confucianismo, no menos que sus antecesores, los orgullosos mandarines, para imponer una jerarquía social y un sistema autocrático de gobierno que hacen de cualquier protesta un desacato a la autoridad.


El despotismo chino alcanzó su máxima expresión con Mao Zedong, el fundador de la República.


¿Es Xi Jinping un nuevo Mao?

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