OLIMPIADA 2020. PROTAGONISTA: EL CALOR

Cuando en la tarde del 10 de octubre de 1964 el emperador de Japón, Hirohito, ante unos setenta mil espectadores puestos en pie, declaraba inaugurados los decimoctavos Juegos Olímpicos de la era moderna, el mundo, a través de la televisión, estaba presenciando uno de los momentos cumbres en la historia de Japón. Este país, que apenas veinte años antes había estado sumido en un abismo de desolación y miseria tras su derrota en la segunda guerra mundial, en ese momento, mediante las palabras de amistad de su emperador hacia todos los pueblos y las ocho mil palomas de la paz que surcaban el cielo resplandeciente de otoño, proclamaba al mundo su deseo de reintegrarse en la comunidad de naciones. Ese 10 de octubre marcó también la culminación de años de esfuerzos de toda una nación, decidida a mostrar a propios y extraños su nivel de progreso. Japón había perdido la guerra, pero nadie debía albergar dudas de que había ganado la paz. Los cientos de miles de extranjeros que llegaron a Japón para presenciar los juegos quedaron admirados tanto por su organización perfecta como por la amabilidad de la gente.

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Decadencia, despotismo y el incierto futuro de Hong Kong

Marco Polo, en sus relatos de China, que el escritor Rustichello de Pisa plasmaría en el Libro de las maravillas del mundo, recuerda extasiado su estancia en Hangzhou: “Sin duda la mejor, la ciudad más espléndida del mundo”. Al parecer Marco Polo no exageraba: medio siglo después, en 1340, Hangzhou causaba la misma admiración en Ibn Battuta, el famoso viajero musulmán.

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